lunes, 6 de diciembre de 2010

Para empezar, un antiguo relato...

Aquí es. Frente a esta óptica junto al mercado. Espero que no se retrase. Detesto esperar. Lo odio casi tanto como que me den plantón. También espero que hoy, esto no ocurra.

Espero, observo a la gente, el bullicio. Personas que deambulan; vendedores de las paradas; algún asiduo de bares; curiosos; compradores del mercado. En una esquina, una chica de pelo lacio y falda marrón habla por el móvil. A sus pies, numerosas bolsas de ropa de marca cuyos contenidos esperan ser llevados a su nuevo hogar. Lleva también unas botas que le hacen parecer un poco menos baja de lo que es. A su espalda, a unos 30 metros y varios  ruidos entremezclados de distancia, un chico habla también por teléfono. Está muy cerca de mi. Más bien alto, espigado, joven. Apenas debe tener 25 años. Habla de forma muy animada y sus ojos parecen lanzar destellos nerviosos, iluminando y fijando más la atención sobre la sonrisa que luce en su mano transformada en ramo de rosas. Un complemento poco habitual en  un chico de su edad, pienso.

A modo de  escondite, un puesto de ropa parece prestarle un poco de confianza y seguridad. La va perdiendo conforme decide avanzar hacia la chica, tras un par de minutos más de conversación. Los mirones -¿habrá alguien más observando la escena?- casi podemos sentir su nerviosismo. Me veo un poco contagiado, en alguna medida lo hago mío. Se detiene tras ella, apenas a un par de metros de distancia. Habla ahora en un susurro. A ella no puedo verle el rostro, pero por sus movimientos advierto que no cesa de hablar, completamente ajena a lo que ocurre a su espalda.

Finalmente, tras un instante que a él debe hacérsele angustioso, se decide. Cierra el teléfono y  tras preparar ambas sonrisas -la del rostro y la envuelta entre espigas -, pronuncia su nombre en voz alta.

Es el momento esperado. Me siento un intruso pero continúo mirando hipnotizado la escena. Ser testigo no invitado del encuentro, recoger el reflejo de la alegría. Del beso.

Ella se da la vuelta. Sostiene su mirada un instante, dos, tres segundos que él emplea en acercar aún más el ramo.
Parece que va a decir algo. Pero no. Finalmente, sin una palabra, recoge las bolsas del suelo, y girándose nuevamente se aleja a paso vivo, dando la espalda al chico y a las flores. El la persigue, la llama de nuevo, una y otra vez. Su propia sonrisa se ha tornado mueca y el ramo, casi se arrastra por el suelo. Se alejan rápidamente. Ruega, parece darle dios sabe qué explicaciones o razones. Ella, firme, hace oídos sordos y es insensible a las palabras y a las flores que así ,de repente, parecen estar ya marchitándose.

Están ya lejos. Pienso en el teléfono de mi bolsillo. Miro mi mano izquierda, que sostiene un bonito paquete con lazo rojo. Un regalo atrasado, a destiempo, culpable. Alzo la mirada y llego a distinguir por última vez a la chica de falda marrón. Me estremezco y me pregunto si casualmente se llamará Lidia.





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